Poemas y otras fantasías.

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jueves, 15 de octubre de 2009

La burra.


En aquellos días vivíamos en una casa forestal sita en Onteniente. Mi padre estaba destinado allí por su trabajo. La vivienda estaba situada a unos kilómetros de la población, en medio de un paraje boscoso que era una maravilla.
En los meses de verano era muy normal avistar palomas torcaces en sus alrededores, muchas veces nos sirvieron de comida. No era usual que mi padre cazara debido a su trabajo, pero la necesidad era muchas veces prioritaria. Éramos muchos de familia. Para no incurrir en pena, nos aseguramos de poder criar gallinas, conejos, palomos y algún cerdo para la época de matanza.
Una de esas mañanas, mis dos hermanos mayores divisaron un enorme palomo en lo alto de uno de los pinos frente a la casa. Avisaron a mi padre que, rápidamente, sacó la escopeta para abatirlo. Cuando lo tuvo en sus manos, se dio cuenta de que era uno de los palomos de la casa que se había escapado. Mis hermanos se morían de la risa, por lo que pensó que le habían gastado una broma pesada. Sin comentarios el enfado posterior que se produjo.
Al día siguiente, con el enojo todavía caliente, aparejó la burra para ir al pueblo a por la compra semanal. Se llevó a los dos “pillos” para que le ayudaran. Al cabo de unas horas y acabada la tarea, regresaron para la casa. El trayecto no era pesado, pero tenía una pequeña cuesta que se superaba con facilidad gracias al equino; pero aquel día el animal no estuvo por la labor. No supimos que pasó. Tal vez mi padre le arreó enfadándola, quizá se cruzó algo en su instinto animal; el caso es que llegando a la cuesta la burra se paró. La pobre se llevo los gritos, los azotes, incluso algún mordisco en la oreja propinados por mi enfurecido padre. ¡Eso le faltaba! El animalito no cedió a nada de lo recibido.
Nunca entendí (y mira que me lo contaron veces), cómo mi padre fue a casa a por la escopeta, colocó el cañón entre las dos orejas de la burra y disparó sin dudar. El animal salió desbocado, desapareciendo por la empinada cuesta. Mi madre le espetó que “cómo se podía ser tan Adán”, mientras mi padre seguía profiriendo palabrotas y escudándose en una razón que nadie entendía. Tres días estuvo la burra desaparecida. Una mañana, al ir a sacar a las gallinas a la pequeña era, mi madre encontró la burra dormida en la parte de atrás de la casa. Contenta, fue a darle la noticia a mi padre quién, de nuevo (y para pasmo de todos), volvió a colocar el arma entre las orejas del dormido animal y repitió el disparo de días antes. Tres días más sin saber de la burra.
Poco más que añadir, nunca entendí esta historia que unas veces me causa risa y, otras (las más), pena.

2 comentarios:

Manuel Gómez Guerrero dijo...

Lo de siempre: a pagarlo, poca ropa.
Gracias, María, por tu relato.

Miguel Angel dijo...

Hola María, paso para dejarte un cordial saludo