Poemas y otras fantasías.

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martes, 5 de abril de 2011

Souvenirs.


Parece una broma del destino, sobre todo porque las fotos están puestas en Facebook desde hace muchos meses y, hasta ahora, apenas las habían comentado. Algunos mensajes personales preguntando cómo fue el viaje, si me gustó, etc. No entiendo por qué, ahora, justo ahora que se aproxima mi cumpleaños; vuelven las preguntas. Me han entristecido, no sé si porque todavía me duele o porque me hace recordar lo feliz que fui. De todas formas, la única evidencia que me queda son estas fotos, que se miran y escuchan en silencio. Porque solo eso quedó. Fue un viaje, mi único viaje en solitario, muy lejos de casa.

En unos días será mi cumpleaños, en un par de meses (eso espero), me habré marchado de la que ha sido mi casa durante 30 años. Vuelvo a mis raíces. Dejo muchas cosas atrás, incluso a mis hijos de alguna manera. Les dejo en libertad y me voy a buscar la mía; porque siento que nos estábamos atando demasiado. Hemos creado un círculo que no nos ayudaba. Espero que esta “distancia” nos haga crecer.

No tengo ni idea de cómo serán los cambios, pero seguro que me van a dar como auténticas flechas lanzadas por “lo que sea que rige mis pasos” (haciendo que me equivoque o acierte). No sé si me sentiré herida o inmortal. Solo sé que sigo sin entender el por qué estás fotos, que tenía un tanto aparcadas en el olvido, han salido del baúl para hacerme sentir así.

miércoles, 9 de marzo de 2011

He lanzado mi vida al viento.



Tengo ganas de que llueva. Me encanta sentir las gotas en mi cara. El cielo gris, el olor a tierra mojada, el aroma intenso a pino y romero… Así es como huele Enguera cuando llueve. Amo este pueblo, amo esta tierra y sus paisajes, desde el primer día que llegué. Incluso cuando nieva, se le ve distinta. La nieve hace que aparezca sobria, elegante, con el campanario erigiéndose en símbolo de poderío. Eso no ha impedido que tenga en mi corazón otros lugares.
He escuchado una frase que dice: “Has lanzado tu destino al viento”… Me hace pensar. El destino ¿está marcado o lo decidimos? Muchas cosas de las que me han pasado no las quise, pero llegaron a mi vida. Tal vez, no supe rechazarlas o evitarlas. Sucedieron. ¿Puede un niño saber si lo que le va a acontecer es inevitable? ¿Su elección será acertada o equivocada? ¿Puede discernir con certeza qué hacer? Lo dudo mucho. Y las cosas de la infancia marcan de por vida. Posiblemente, eso sea augurio de un futuro destino equivocado.
Si lanzara mi destino al viento, no viviría donde vivo; habría dejado estas montañas para estar cerca del mar. Me habría perdido por las calles de una gran ciudad o por las veredas de una pequeña aldea. Quizá hubiera seguido los pasos dejados en la arena por alguien que caminó anteriormente por ella. Pisado otras huellas en la nieve o haber cruzado las aguas de un arroyo. Me hubiera dejado llevar de la mano de cualquier brisa, como hoja en otoño, para terminar cayendo en cualquier parque.
He tomado decisiones últimamente. Van a marcar mi vida, no quiero que tengan vuelta atrás. Voy a asumir mi libertad, mi independencia, mi yo. No voy a olvidar mis obligaciones, las tengo; pero quiero hacerlo desde mi casa, mi espacio, mi voluntad… Algunos pensarán que estaré lanzando mi vida al viento, pero no me importa. Quiero balancearme con él, no en él. Quiero llevar las riendas de mi paracaídas. Puedo aterrizar en arenas movedizas, en aguas turbulentas o en suelo firme. No dudo que puedo hacerme daño, pero si no me lanzo nunca sabré si valió la pena.

martes, 8 de febrero de 2011

No soy rara, soy azul...


No soy rara, soy azul.
Fundida con el mar,
con el cielo.
Ardiente pasión
y, otras, hielo.
Oculto en mi corazón,
tengo un pájaro azul
que es prisionero,
al que debo libertad,
dulce vuelo…
No soy rara, soy azul.
Gota de lluvia,
dormida en la nube.
A veces, fuego
y, otras, nieve.
He abierto la jaula
a mi cautivo.
Ahora mi corazón,
que vuela libre,
vuelve a estar vivo.

martes, 25 de enero de 2011

Una queja.


El estudio que lleva por título “Diferente a los 50”, revela que el 96% de las mujeres españolas en esa franja de edad se sienten queridas y activas; el 91% felices; el 74% independientes; y más del 70%, jóvenes y atractivas. Un 53% tiene aún hijos viviendo a su cargo; un 73% cuida de sus nietos una media de 4 horas al día, y un 11% atiende a personas dependientes. Sin embargo, se sienten invisibles y desconcertadas ante una sociedad que no tiene en cuenta sus necesidades. (Sacado de la red).


En algunas cosas coincido con parte del contenido de este artículo. Y ahora matizo: me siento activa y, en ocasiones, querida. Soy más independiente y, a ratos, más feliz. Sigo manteniendo mi espíritu joven, pero reconozco que no soy más atractiva. Tengo mis hijos viviendo conmigo, no tengo nietos, ni atiendo a personas dependientes (¡Ojala tuviera mis padres con vida!). Tengo estabilidad porque me la gano día a día, volvería a estudiar si se dieran otras circunstancias (pero me apremia más el trabajo). Cierto que no nos parecemos a las mujeres de generaciones anteriores: tenemos mejor salud, disfrutamos más sexualmente, somos más vitalistas. Confirmo las palabras de Rosario Martínez, pero la sociedad no nos ve así.
Desde que cumplí los 50 me cuesta muchísimo encontrar trabajo (¡Gracias divinos 426 euros!), en consecuencia me olvido de mi independencia económica. En cierta ocasión me llamaron para ser recepcionista, pero no pasé de ahí: mi edad y mis arrugas no eran buena carta de presentación. Me faltaban las “cachas” por todas partes. Y eso que a mi no me molesta que me reciba un señor mayor cuando voy a cualquier sitio. Mi salud es precaria aunque no mortal, pero a nadie le importa; se supone que divorciada, con hijos a cargo y sin empleo, soy carne de depresión diaria. A todo ello sumamos mi estado premenopáusico, por lo tanto, un problema para cualquier empresario. No obstante, me esfuerzo físicamente en cualquier trabajo que se presenta. Mi familia me quiere, pero no puedo evitar las confrontaciones con mis hijos (todos parados y en casa); que creen que es mi deber seguir al pie del cañón de esta puñetera crisis. Eso conlleva la merma de mi independencia para muchos aspectos de mi vida.
En cuestiones sentimentales, poco cambia. Te unes a un grupo de “singles” y sucede esto: eres una más, te tratan genial, conoces gente. Correcto, pero eso produce un efecto "pin-ball". Eres muy madura para la mayoría de los miembros de estos grupos (hay cantidad de hombres de menos de cuarenta), y los de tu misma edad no se fijan en ti, porque van como perritos en celo buscando una joven que no se parezca en nada a su vieja consorte (aunque hay excepciones). Se bebe más de la cuenta en estos encuentros, quizá para romper el hielo de un acercamiento. No me agrada terminar la noche con una persona a la que le cuesta mantenerse erguido y coherente. Fuera de estos grupos, cualquier aproximación es mera coincidencia. Recién separados que no saben vivir solos, o relaciones con un solo fin… Sexo sin amor, sin compromiso, “para hacernos compañía”. ¡Como si no supiéramos estar solas! Valemos para un polvo, pero no para una relación más seria (el que desee tenerla). Si te liberas eres un “zorrón” y si no lo haces… Mejor no vayas. Ellos nos ven como futuras cargas, es decir, mujeres doloridas, arrugadas, desganadas. Nos pesa la edad, la descalcificación, los partos… Y eso no les gusta. A nosotras tampoco. Ya no nos hace gracia lavar la ropa interior de nadie. Así que termino por dejar de “socializarme”.
En definitiva, que me quejo no sé si con razón o no, pero me quejo. ¿Qué reivindico? Me reivindico a mí. Mi ego. Mi café a media mañana, mi aperitivo con una cerveza a mediodía, mi paseo al atardecer y, como no, un buen libro o una buena melodía en la noche. Eso si, sin olvidarme de un abrazo al acostarme. Y como no tengo a quién darlo, pues les doy las buenas noches a mis perros, mientras me miran esperando que apague la luz. Porque hay que dormir y levantarse temprano.
Por eso dejé de celebrar mi cumpleaños… Me he prometido hacerlo el Día de mi Independencia. Estáis todos invitados.

viernes, 14 de enero de 2011

Rosario.



En estos días me he sentido agobiada, hasta el punto de faltarme el aire. Rompería a llorar para desahogarme, pero cada vez me cuesta más; e intento ahogarlo sin remedio. No es bueno para mis ojos. Sé las consecuencias de ello. Demasiadas responsabilidades e impotencia ante la falta de tiempo para dedicarles a mis hijos, a mis hermanos, a mis amigos, a mis perros… A mí. Un solo día desde ya no me acuerdo. Aunque me pudo el cansancio tanto, que el disfrute fue breve, muy breve.
Tenemos un proyecto entre manos, pero no puedo llevarlo a cabo sola. Es para ellos, mis hijos, quizá un futuro más o menos seguro. Y confían en que lo saque adelante, pero tiran demasiado del cordón umbilical que nos une todavía. Los problemas de mi ausencia en la casa les han obligado a “espabilarse”, y el descontrol es evidente. Al menos, en los últimos días ha habido una especie de consenso entre ellos. Se organizan para las comidas, las lavadoras y la justa limpieza. Luego llego y desaparecen, así que paso bastantes horas sola.
No es el síndrome del “nido vacío”, pero se parece. Por un lado, la dependencia que, desgraciadamente y debido a esta crisis, se ha creado en torno a mí. Soy su sustento. Por otro, la sensación de que “con lo que hemos hecho, estamos en paz”. Al final, pienso que es algo así como la “cuesta de enero”, pero emocional. Poco ha cambiado mi vida de un año a otro. Tengo las mismas deudas, los mismos problemas, vivo en la misma casa, sigo sin trabajo estable, etc.
Hoy ha sido un día agotador, tenso, injusto. No me ha gustado ver a Rosario (mi compañera), tan seria. Ella es mi apoyo, mi ánimo en el trabajo. No desfallece, siempre positiva, contagiosa. Me espuela como a los corceles hasta hacerme reír, tanto que terminamos con dolor de estómago. Es el abrazo diario, el que necesito si una lágrima intenta salir en los momentos más agotadores y dolorosos de la jornada. Una cómplice en las bromas, mi “otras manos”, la otra parte de este tándem que compartimos. Estoy feliz por haberla conocido. La quiero. Y cuando salimos del trabajo, se agarra a mi brazo (como las comadres de antaño), y hacemos balance de las horas compartidas, del resultado, de nuestras quejas y, también, de nuestras esperanzas. Con sus 28 años hace que muchos días olvide que mi cuerpo me duele por el esfuerzo, que siga, que continúe, que nos queda poco, que hacemos bien nuestra labor, que me guste lo que hago. Gracias.